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Once activistas detenidos en Libia y el silencio internacional que expone un doble rasero
Durante años, organizaciones de derechos humanos, medios de comunicación, movimientos estudiantiles, sindicatos, partidos de izquierda y colectivos pro-palestinos han insistido —con razón— en que los derechos humanos deben defenderse de forma universal.
La idea es simple: una detención arbitraria es una detención arbitraria. Un abuso es un abuso. Una violación de derechos es una violación de derechos, sin importar quién la cometa.
Sin embargo, el caso de los once integrantes de la caravana internacional Sumud detenidos en Libia parece demostrar que, para demasiados actores políticos y mediáticos, ese principio solo se aplica en determinadas circunstancias.
Porque cuando el responsable es Israel, la indignación suele ser inmediata.
Cuando no lo es, el silencio resulta ensordecedor.
Dos semanas detenidos y casi nadie habla de ellos
Desde finales de mayo, once integrantes de la caravana internacional Global Sumud permanecen detenidos por autoridades del este de Libia. Entre ellos se encuentra el uruguayo Matías Álvarez Rodríguez, además de activistas, periodistas y profesionales de distintas nacionalidades que participaban en una iniciativa de solidaridad con Gaza.
Diversos medios internacionales han informado sobre las detenciones y sobre el deterioro de la situación de los arrestados, varios de los cuales iniciaron una huelga de hambre y sed para reclamar su liberación. Sin embargo, fuera de algunos medios especializados, portales alternativos y publicaciones puntuales, la historia apenas logró penetrar en la agenda internacional.
No hubo cobertura permanente durante días.
No hubo especiales televisivos.
No hubo apertura de noticieros.
No hubo movilizaciones masivas frente a embajadas.
No hubo sesiones extraordinarias de organismos internacionales.
Y tampoco hubo la cascada de declaraciones políticas que suele acompañar otros episodios similares.
La comparación que muchos prefieren evitar
La comparación es inevitable.
Cuando activistas vinculados a flotillas o convoyes con destino a Gaza fueron interceptados por Israel en ocasiones anteriores, la reacción internacional fue inmediata.
Titulares en los principales periódicos del mundo.
Cobertura continua.
Pronunciamientos diplomáticos.
Manifestaciones multitudinarias.
Campañas en redes sociales.
Comunicados de organizaciones internacionales.
El mensaje era claro: la detención de activistas humanitarios constituía una noticia global.
Hoy, esos mismos principios parecen haberse evaporado. Los detenidos siguen siendo activistas pro-palestinos.
La causa sigue siendo Gaza.
La denuncia sigue siendo la privación de libertad.
Lo único que cambió es quién los detuvo.
El silencio de quienes siempre exigen hablar
Tal vez el aspecto más llamativo de este episodio no sea la actitud de las autoridades libias.
Después de todo, nadie espera que un régimen acusado durante años de graves violaciones de derechos humanos se convierta repentinamente en un modelo de transparencia.
Lo verdaderamente revelador es la reacción —o la ausencia de reacción— de quienes habitualmente se presentan como defensores universales de los derechos humanos.
¿Dónde están las grandes campañas internacionales?
¿Dónde están las manifestaciones estudiantiles?
¿Dónde están los sindicatos que organizan actos por Palestina?
¿Dónde están las organizaciones que convocan concentraciones cada vez que un activista es detenido por Israel?
¿Dónde están las declaraciones de emergencia?
¿Dónde están los hashtags virales?
¿Dónde están las portadas?
La pregunta no pretende minimizar ninguna denuncia contra Israel.
Por el contrario.
Si esas movilizaciones eran correctas entonces, ¿por qué no lo son ahora?
Un activista invisible
La situación adquiere un matiz aún más inquietante con el caso del tunecino Mehdi Bouzguenda.
Mientras numerosos reportes internacionales mencionan a los diez integrantes principales del grupo retenido, el undécimo detenido ha recibido una atención significativamente menor.
Su nombre aparece esporádicamente en comunicados y publicaciones especializadas, pero rara vez ocupa espacio en las coberturas más amplias.
La paradoja resulta dolorosa.
Un movimiento que reivindica la solidaridad internacional parece incapaz de otorgar la misma visibilidad a todos sus propios integrantes.
El caso uruguayo

Foto: infobae
Uruguay, la situación también debería generar preguntas incómodas. Un ciudadano uruguayo permanece detenido en el extranjero en circunstancias que han provocado preocupación internacional. Sin embargo, el tema apenas logró instalarse en la conversación pública nacional.
No hubo grandes movilizaciones.
No hubo presión sostenida.
No hubo una campaña visible de alcance nacional.
Si Matías Álvarez hubiera sido detenido por Israel, ¿la reacción habría sido la misma?
Es una pregunta legítima.
Y la ausencia de una respuesta clara resulta, en sí misma, una respuesta.
Derechos humanos universales o derechos humanos selectivos
El caso Sumud no pone a prueba a Libia. Pone a prueba a quienes afirman defender principios universales. Porque la verdadera defensa de los derechos humanos comienza cuando se está dispuesto a denunciar los abusos incluso cuando el responsable no encaja en la narrativa política propia.
Los principios solo tienen valor cuando se aplican de forma consistente. Cuando la indignación aparece o desaparece según la identidad del acusado, deja de ser una cuestión de derechos humanos y se convierte en una cuestión de conveniencia política.
Y quizá esa sea la lección más incómoda que deja el silencio alrededor de los once detenidos de Sumud. No que existan abusos. Sino que demasiadas personas parecen considerarlos importantes únicamente cuando pueden utilizarse contra el adversario correcto.
Fuentes:





